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 LIBRERÍA Y EDICIONES ALTAZOR. NOSTALGIA VIÑAMARINA

Sergio Madrid Sielfeld

El ambiente literario de los ochenta en Viña del Mar giraba en torno a la librería Altazor. Fue lugar de tránsito, reunión y camaradería. Asimismo, era lugar de eventos públicos y centro operacional para muchas actividades. El caso es que se trataba del punto confluencial de todos los poetas que andaban por la zona: por ahí pasaron Gonzalo Millán, Enrique Lihn, Nicanor Parra, Omar Lara, José Donoso, etc., lanzando libros y revistas, por nombrar tan solo a algunos poetas y escritores que no vivían en la región. Y estos encuentros no carecían a veces de ciertos incidentes propios de la época, como sucedió con Lihn cuando fue censurado en la Sala Viña del Mar, y se hizo una presentación de emergencia en las afueras de la librería Altazor, ubicada en Uno Norte con Avenida Libertad. O como cuando Nicanor Parra lanzó su libro Los Sermones del Cristo del Elqui, y Rodrigo de La Sierra, poeta que por entonces era alférez en la Escuela Militar, lo increpó, defendiendo el régimen militar. Más allá de las anécdotas, sin embargo, la librería era el único referente cultural con cierta presencia pública, y con nivel superlativo. Nunca se trató de un nicho político o ideológico, sino de un espacio libre de creación y conversación, donde podíamos reunirnos a conversar o simplemente a escuchar música. De hecho, en ocasiones se oían discos completos de Jazz o de música popular de la más diversa índole. Yo mismo llevé una vez el long-play (como se decía antes) de Serrat, llamado “Cada Loco con su Tema”, que acababa de salir al mercado.

Otro aspecto relevante de la librería era el hecho de que vendía libros de poesía y ensayo que difícilmente hubieran podido hallarse en otra librería de la región. Era una librería especializada. Este, por supuesto, es un aspecto relevante porque servía de plataforma para un público lector de alta sesudez, que contribuía a la generación de un ambiente en ese tiempo muy escaso. Era una especie de oasis en el desierto. Junto a ello, estaba la tercera dimensión de la librería, que bien podría presentarse como la carta debajo de la manga: la vocación editorial que estaba en manos de Patricio González, dueño de la librería, asociado a su hermano Marcelo, que se encargaba del aspecto propiamente librero. Notablemente, con el paso de los años, aun con muchas dificultades de vez en vez, la librería no ha cesado hasta hoy en este tipo de actividades, que tanto contribuyeron a la intrahistoria de todos los que por ahí pasamos, y donde ganamos la amistad duradera de muchos. Fue ahí donde hice amistad con personas que se convirtieron para mí en entrañables, como Juan Luís Martínez o Virgilio Rodríguez, como Udo Jacobsen o Sergio Holas, como Juan Luís Moraga o Alex von Bischoffshausen. Para mí, haber conocido a Juan Luis Martínez tuvo un doble significado: por una parte, literario; por otra, personal. Él fue quien me habló de mi padre, hacía ya tantos años en Venezuela. Me preguntó: ¿Eres algo de Sergio Madrid, que vive en Ve-ve-venezuela? Sí, le dije, es mi padre. Posteriormente supo hablarme de él, a quien conocía como viñamarino que era, de tal manera que pude comprenderle. Y qué decir de Virgilio Rodríguez, con quien todavía trabajo hombro con hombro.

Llegué a la librería Altazor, por primera vez, con mi amigo inseparable de entonces, José Marín, a quien debo mi primera aproximación a Vicente Huidobro. Él conocía a un poeta, a un poeta de verdad, que había publicado un poema en un cuadernillo. Mi curiosidad no podía ser mayor. Hasta ese momento, nosotros nos reuníamos para hablar de poesía, pero nada sabíamos de poetas realmente, éramos unos muchachos de catorce años. Y ese poeta, llamado Udo Jacobsen, resultaba pasar buena parte de su tiempo en la librería Altazor. Es curioso que, de los tres, el único que haya continuado con la poesía, sea yo. La hospitalidad se hizo presente. Y la librería se transformó en mi taller literario, pues tanto Udo, como Sergio Holas, y otros, leían nuestros poemas adolescentes, los comentaban, y aprendíamos mucho. En esa época, yo vivía con mi abuela en la calle ½ Oriente, entre 12 y 13 Norte. Todos los días, en la hora vespertina, caminaba las doce o trece cuadras hasta la librería. En 1988, Patricio González me publicó, bajo el sello Altazor, lo que a la sazón, fue mi primer libro: Voz de locura.

Viña del Mar era una ciudad muy hermosa. No existían todavía los altos edificios, en vez de ellos había casas señoriales. No existían los cientos y miles de vehículos, ni los bocinazos. Uno caminaba por una Avenida Libertad silenciosa, casi sin toparse con gente. Se oía el sonido de las hojas de los Plátanos Orientales. La calle Valparaíso en invierno estaba prácticamente vacía. Lo terrible era el verano, porque la ciudad se atestaba de turistas. La ciudad, con el tiempo, quiso parecer un verano permanente, con el sol artificial del mercado y el auge de la construcción al estilo Miami. Y si bien éramos más pobres, y probablemente infelices, en ese tiempo un bolsillo vacío era más digno, lo mismo que una alegría o una tristeza cualquiera. Época en que podíamos reconocernos sin mayores subterfugios.

LA PRIMERA IMAGEN

Eduardo Correa O.

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Raimundo:

Te escribo esta crónica para contarte algo que para mí es importante y porque tú no existías entonces, en esos difíciles días.

El primer recuerdo de la Librería Altazor, o mejor, de Patricio y Marcelo, fue alrededor de 1977 y para mí tiene que ver con una imagen del poeta ruso Vladimir Maiacovsky, la que aparecía en una revista Photo. Nos llamó la atención la cantidad de lápices que tenía en el bolsillo y esa cara media de loco con la que miraba la cámara.

Conversamos y reímos y ahí empezó una amistad que nos llevaría hasta hoy. Los tres geminianos y medio bipolares, nos encontraríamos a lo largo de nuestra vida en distintas circunstancias. A veces, Pato me acompañaba a una recepción de premios como en el concurso Paula donde obtuve un segundo lugar aquellos años. Otras, eran puras divagaciones y cuentos en un Chile donde estos divertimentos estaban absolutamente controlados.

La Librería Studio se ubicaba en los locales en los bajos del Banco de Solidaridad Estudiantil, plena calle Esmeralda, Valparaíso.

A veces se organizaban improvisadas tertulias en la Studio, la prehistoria de lo que sería Altazor en Viña del Mar.

Cuando Patricio y Marcelo decidieron marcharse del puerto, se cambiaron a Viña del Mar donde empieza la verdadera historia de Librería y Ediciones Altazor y donde se logra un espacio de ventas de atractivos volúmenes y encuentro de los poetas de la zona y santiaguinos que de pronto pasaban, oliendo algo de lo que ahí sucedía.

Altazor organiza las Ferias del Libro, recitales, lanzamientos, encuentros y talleres. Se podía ver circulando en la pequeña librería a Gonzalo Millán y su revista coeditada por Patricio El Espíritu del Valle, Enrique Lihn lanzando El Paseo Ahumada, Gonzalo Rojas leyendo pausadamente sus poemas, Nicanor Parra leyendo y riéndose con su caja de antipoemas Chistes para desorientar a la Poesía, a Raúl Ruiz comprando omnívoramente grandes cantidades de libros, a Juan Luis Martínez yendo y viniendo por toda la ciudad mientras le aguantó su cuerpo, por nombrar a algunos de los más importantes creadores que por allí pasaron un día.

También en la librería se leía el Tarot (Andrea llegaba en su bicicleta y nos hacía las predicciones), se cortaba el pelo (Janito aparecía directamente de Canadá y nos arreglaba la cabellera) y se hablaba de nada hasta altas horas de la noche o hasta que el Toque de Queda se estirara como un chicle.

ENRIQUE LIHN EN VIÑA DEL MAR

Sergio Madrid Sielfeld

Poco o nada se sabe de las visitas sistemáticas realizadas por Enrique Lihn a Viña del Mar en el año 1983. No haré referencia hoy al gran contexto histórico de entonces, pero sí al micro contexto regional que vivíamos poetas mayores y menores. Yo era uno de esos poetas menores, por no decir un niño que, lleno de curiosidad, transitaba la ciudad todavía en uniforme de colegio. Visitaba por entonces a los amigos de la Librería Altazor, Patricio y Marcelo González, lugar que se erigía como un verdadero centro secular de la vida intelectual de esos años. Enumerar a todas las personalidades que por ahí pasaron, y las actividades, tales como lanzamientos de libros y revistas, así como las contigüidades con otros centros de actividad cultural, requeriría sin duda un merecido artículo aparte. En este espacio me centraré en la figura del poeta.

Recuerdo que fue Sergio Holas quien me entusiasmó para asistir a un Taller que realizaría Enrique Lihn en el Instituto Zipter, ubicado por entonces en la Av. Libertad, frente a la Iglesia Las Carmelitas, en una de esas casas señoriales que por lo general no sobrevivieron ni al terremoto del ochenta y cinco, ni al posterior auge de la construcción de edificios comerciales. Recuerdo que el ante patio estaba cementado y que había un gran letrero con el nombre del Instituto. El sociólogo y poeta Mario San Martín (Antonio Vieyra), era quien había usado sus influencias para generar estas reuniones con el poeta, a quien, amigo y confidente, quería por este medio prestarle una ayuda económica. Antonio ocupaba, si no me equivoco, algún cargo directivo en esa institución.

Así fue como partí una tarde en compañía de Holas, mi tocayo, desde la Librería Altazor, ubicada por entonces en el paseo Nuevo Centro en Av. Libertad con Uno Norte. La Avenida Libertad, siempre frondosa, constituía una caminata muy llevadera, a pesar de que terminara en Quince Norte con el Regimiento Coraceros. Afuera del Instituto Zipter estaba el poeta, de pie, conversando con una docena de interlocutores, que poco a poco fui distinguiendo y conociendo. Esta especie de pre-calentamiento conversatorio se produciría todas las semanas que duró el Taller. En la vaguedad de mi memoria me parece distinguir muy claramente al siempre bien ponderado Abel González acaparando a Lihn en las previas, en conversación muy entusiasta. Recuerdo también muy claramente, entre otros, los rostros del por entonces flaquísimo Alejandro Pérez, Juan Cameron, Udo Jacobsen, Marcos Riesco, al entrañable Mauricio Barrientos, Manuel Espinoza, Freddy Flores, Fernando Rodríguez, y la figura iluminada de Juan Luis Martínez. Muchos de estos personajes se me aparecían por primera vez y para siempre.

Enrique Lihn nos entregó una serie de fotocopias que contenían autores modernos como Baudelaire, Nerval, Rimbaud, así como autores hispanoamericanos: Vallejo, Neruda (de las Residencias) y Mistral. Lihn se dedicaba a comentar algunos de estos poemas y se iniciaban conversaciones que debieron resultar muy interesantes. Mi ignorancia de juventud no me permitía acceder del todo a ese lenguaje que mucho debía al estructuralismo francés. Sin embargo, recuerdo especialmente la lectura que hizo de El fantasma del buque de carga de Neruda, poema que me impresionó para siempre. Hubo otra sesión donde Juan Cameron leyó un largo poema en ciernes, y que Lihn comentó polemizando sobre algunos aspectos. Creo que para Cameron esa experiencia debe haber sido un buen aporte para ese libro, por lo demás distinto al resto de su obra, llamado Cámara Oscura, y que publicó en 1985.

Finalmente el Taller se fue deshaciendo solo. Al parecer nadie pagaba sus cuotas, y no creo que nadie por esa época se sintiera en ánimo de cobranzas.

Volvimos a tener la presencia de Lihn en 1986, haciendo un Taller que tomó visos muy distintos, esta vez en la calle Las Heras en Valparaíso. Lihn planteó el tema de la anti-utopía y traía consigo un guión ad-hoc con el fin de hacer una película. La película nunca se realizó, pero sí hubo reparto de actores y algunos ensayos. Quien les habla fue uno de los afortunados, me asignó el rol protagónico de Pancho, un Príncipe que se enamoraba de una pueblerina que vivía en la periferia de Valparaíso, zona prohibida por la autoridad. En ese tiempo era muy común usar la elipsis y la alegoría para referir la Dictadura y el derrumbe moral que traía consigo. Lihn me dió un palmoteo en el hombro y me preguntó: —¿Has actuado alguna vez? Ante mi negativa, me dijo sonriente: ¡No importa! Y quizás esas fueron las únicas palabras que intercambiamos alguna vez.

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